Cuento de Navidad
Cuento
de Navidad
La nieve caía fría y Jorge y Eva corrían
calle abajo con un gran saco de tela sucia. Sus ropas harapientas se movían
fuertemente con el frío viento navideño. Llegaron al final de la calle, junto a
unos contenedores verdes y azules. Parecían cansados después de tanto correr.
Jorge abrió el saco y extrajo de él un sabroso pollo dentro de una caja de
plástico.
– Sácalo rápido, me muero de hambre –
dijo Eva a su hermano mientras miraba ansiosamente el suculento plato. No hacía
mucho que los niños se las tenían que apañar solos en las frías calles de la
ciudad, ya que su padre había tenido que “marcharse a buscar comida”. Después
de ese día no le volvieron a ver, pero seguían esperando que su vagabundo padre
les fuera a buscar un día.
Jorge le dio un trozo pequeño de pollo a
Eva y él cogió otro del mismo tamaño. – Hay que repartirlo bien, si no no
tendremos para mañana. Dijo mientras mordisqueaba el pollo.
De repente un viejo hombre vestido con
ropas igual de harapientas que las suyas se les acercó y les dijo alarmado
-¡Qué hacéis comiendo pollo!, ¿no sabéis que los pollos de esta ciudad hacen
que te duela todo el cuerpo? Traed acá, será mejor que me lo lleve para que
nadie cometa el error de comerlo. Acto seguido les arrebató el pollo de las manos
y se marchó riendo. Eva comenzó a llorar muy apenada y su hermano la abrazó
para consolarla. – No pasa nada Eva, mañana iremos a otro sitio e intentaremos
robar más comida. Los dos niños se acurrucaron junto a uno de los contenedores
e intentaron dormir.
Un rato después Jorge notó que alguien
le sacudía el brazo, abrió los ojos y vio a una señora mayor que le hablaba
dulcemente. – Niños, despertad, aquí hace mucho frío, pasad a mi casa y
calentaos junto al fuego. Los dos niños se levantaron y entraron en la casa. Al
entrar en el salón quedaron maravillados. Todo estaba adornado dulcemente con
adornos y figuras navideñas, el gran árbol brillaba con luces de todos los
colores y el fuego de la chimenea calentaba desde la entrada. – Sentaos en la
mesa, pequeños, la cena está en la mesa, más vale que comáis bien, ¡estáis en
los huesos!.
Los niños comieron todos los deliciosos
alimentos que la anciana les sirvió, después se sentaron en el sofá con la
señora y se calentaron las manos junto a la chimenea mientras la señora les
contaba un bonito cuento. Cuando la señora les acostó en una comodísima cama,
Jorge preguntó: – Señora, ¿por qué hace esto por nosotros?. A lo que la señora
respondió: – porque ningún niño en el mundo merece quedarse sin Navidad.
Villu.

